
En México, la desigualdad no solo se mide en ingresos o acceso a servicios. También se refleja en algo igual de determinante: el tiempo. Actualmente, 84.2 millones de personas viven en pobreza de tiempo, una condición que implica no tener control real sobre cómo se distribuyen las horas del día.
El dato, retomado por la revista Expansión a partir de la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) y estudios del INEGI, pone en evidencia que al menos seis de cada diez mexicanos carecen de autonomía para decidir sobre su propio tiempo. En la práctica, esto significa jornadas laborales extensas, traslados prolongados y responsabilidades de cuidado que limitan el descanso, el ocio y el desarrollo personal.
La libertad de decidir qué hacer con el tiempo —una condición básica para el bienestar— se está convirtiendo en un privilegio cada vez más escaso.
El tiempo como reflejo de la desigualdad económica
La pobreza de tiempo no es un fenómeno aislado. Está profundamente vinculada con la desigualdad económica y social en el país. De acuerdo con el estudio “Oligarquía o democracia”, elaborado por Oxfam México, las diferencias en el acceso al tiempo son claras entre los distintos niveles de ingreso.
El 1% más rico de la población dispone de más horas para actividades esenciales como dormir, estudiar o realizar trabajo remunerado en mejores condiciones. En contraste, los sectores más vulnerables enfrentan una distribución del tiempo mucho más limitada y fragmentada.
Por ejemplo, un hombre perteneciente al grupo de mayores ingresos cuenta en promedio con 8.6 horas al día para descanso, traslado u ocio. Mientras tanto, un hombre del 10% más pobre dispone apenas de ocho horas para estas mismas actividades.
Aunque la diferencia pueda parecer marginal en cifras, en términos acumulados representa una brecha significativa en calidad de vida. Menos tiempo para descansar o formarse implica menos oportunidades de crecimiento personal, educativo y profesional.
La carga del cuidado: una brecha marcada por género
La desigualdad en el uso del tiempo se profundiza cuando se analiza desde una perspectiva de género. El mismo análisis evidencia que las mujeres, especialmente en los sectores de menores ingresos, enfrentan una carga desproporcionada de trabajo no remunerado.
Una mujer del 10% más pobre dedica en promedio 11.5 horas al día a labores de cuidado, que incluyen tareas domésticas, atención a menores, personas mayores o dependientes. Esta carga limita de forma directa su participación en el mercado laboral, su acceso a educación y su tiempo personal.
En contraste, los hombres —independientemente de su nivel socioeconómico— destinan entre 4.2 y 4.7 horas a estas mismas actividades.
Esta diferencia no solo refleja una distribución desigual de responsabilidades, sino que también perpetúa brechas económicas y sociales. Mientras unas personas acumulan tiempo disponible, otras lo invierten casi por completo en sostener dinámicas familiares y sociales sin reconocimiento económico.
Jornadas laborales extensas y bajos ingresos
El contexto laboral en México contribuye de manera directa a esta problemática. Según el informe “Perspectivas de empleo de la OCDE 2025”, el país registra el mayor número de horas trabajadas entre sus miembros, con un promedio de 2,308 horas al año.
Sin embargo, este esfuerzo no se traduce en mejores condiciones económicas. El ingreso promedio anual en México es de 20,423 dólares, el más bajo dentro de los países de la OCDE.
Esta combinación de largas jornadas y bajos salarios genera un escenario donde las personas no solo trabajan más, sino que además tienen menos margen para reorganizar su tiempo o reducir su carga laboral.
En consecuencia, el tiempo libre, el descanso y el desarrollo personal quedan relegados frente a la necesidad de sostener ingresos.
Traslados: horas invisibles que profundizan la desigualdad
A las largas jornadas laborales se suma otro factor clave: el tiempo de traslado. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), los mexicanos destinan en promedio 71 minutos diarios al transporte público para ir y regresar del trabajo.
En ciudades como Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, este tiempo puede incrementarse considerablemente debido a la densidad poblacional, la infraestructura limitada y los problemas de movilidad.
Estas horas, que no siempre son consideradas dentro de la jornada laboral, representan una carga adicional que reduce aún más el tiempo disponible para actividades personales, familiares o de descanso.
Una desigualdad que va más allá del ingreso
La pobreza de tiempo evidencia que la desigualdad en México no solo se trata de cuánto se gana, sino también de cuánto se puede decidir sobre la propia vida.
Tener tiempo disponible implica acceso a descanso, educación, salud mental y oportunidades de desarrollo. No tenerlo, en cambio, significa vivir en una dinámica constante de obligaciones, con poco margen para el bienestar.
En este contexto, el tiempo se convierte en un recurso limitado y profundamente desigual. Mientras algunos pueden administrarlo con mayor libertad, millones de personas en México lo viven como una restricción diaria.
La discusión sobre la pobreza de tiempo abre una nueva dimensión en el análisis de la desigualdad: una donde no solo importa el dinero, sino también la posibilidad real de decidir cómo vivir cada día.












