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El exceso de azúcar añadida aumenta el riesgo cardiovascular y altera el colesterol, advierten expertos

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El azúcar añadida, presente en bebidas, postres, pan industrial y alimentos procesados, se ha convertido en uno de los principales factores de riesgo cardiovascular del siglo XXI.
Un nuevo análisis publicado en el Journal of the American College of Cardiology advierte que consumir más del 10% de las calorías diarias en forma de azúcar añadida eleva el riesgo de enfermedades cardíacas, hipertensión y dislipidemia, incluso en personas jóvenes y con peso normal.

Qué es el azúcar añadida y por qué es peligrosa

A diferencia de los azúcares naturales presentes en frutas o lácteos, el azúcar añadida se incorpora durante el procesamiento o preparación de alimentos. Los expertos señalan que este tipo de azúcar dispara los niveles de glucosa en sangre y obliga al páncreas a segregar más insulina, un proceso que, sostenido en el tiempo, deteriora la salud metabólica.
El estudio identificó una fuerte relación entre el consumo elevado de azúcar y el aumento de triglicéridos y colesterol LDL (“malo”), junto con una reducción del colesterol HDL (“bueno”).

Azúcar y corazón: una relación peligrosa

El exceso de azúcar no solo incrementa la probabilidad de padecer obesidad o diabetes tipo 2, sino que favorece la inflamación crónica y el daño arterial. Esto acelera la formación de placas en las arterias, condición que puede derivar en infartos o accidentes cerebrovasculares.
Además, los investigadores advierten que el consumo frecuente de bebidas azucaradas (refrescos, jugos industriales, tés embotellados o cafés con jarabes) está vinculado a un mayor riesgo de síndrome metabólico, especialmente en mujeres.

Lo que recomienda la ciencia

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que el azúcar añadida no supere el 5% de la ingesta calórica diaria, equivalente a unos 25 gramos o seis cucharaditas para un adulto promedio.
Sin embargo, en países de América Latina el consumo puede duplicar o triplicar esa cantidad, debido al alto consumo de refrescos, panes dulces y cereales procesados.

Los expertos recomiendan:

Sustituir bebidas azucaradas por agua, infusiones o jugos naturales sin azúcar.

Leer las etiquetas y evitar productos con términos como “jarabe de maíz”, “fructosa”, “maltosa” o “dextrosa”.

Priorizar frutas enteras, avena, frutos secos y alimentos integrales.

Efectos en el cerebro y la energía

Más allá del corazón, el exceso de azúcar también afecta la función cerebral. Su consumo frecuente provoca fluctuaciones en los niveles de energía y concentración, además de alterar los mecanismos de recompensa en el cerebro, generando dependencia o antojos compulsivos.
Según los investigadores, estos efectos pueden compararse con los de ciertas sustancias adictivas, lo que explica por qué reducir el azúcar requiere un proceso gradual y consciente.

La trampa del “sin azúcar”

Muchos productos etiquetados como “light” o “sin azúcar” contienen edulcorantes artificiales que, aunque reducen las calorías, pueden alterar la microbiota intestinal y perpetuar el deseo de sabores dulces.
Los especialistas recomiendan moderar también el consumo de estos sustitutos y concentrarse en reeducar el paladar hacia sabores naturales.

El azúcar añadida, cuando se consume en exceso, deja de ser un placer inocente para convertirse en un enemigo silencioso del corazón y el metabolismo.
Reducir su consumo no significa eliminar completamente el placer del sabor dulce, sino recuperar el equilibrio natural del cuerpo.
Los expertos coinciden: un cambio gradual hacia una alimentación con menos azúcar puede mejorar el colesterol, controlar la presión arterial y reducir el riesgo cardiovascular en pocas semanas.

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