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Columna | El Grito de la soberanía frente al México que todavía no puede gritar paz

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El Grito
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Antonio TrejoFricción Pública
Por Antonio Trejo
Análisis, contexto y opinión sobre los temas que definen a México.


A las once de la noche del 15 de septiembre, Claudia Sheinbaum salió por segunda ocasión como presidenta al balcón central de Palacio Nacional. Frente a un Zócalo lleno, ondeó la bandera, tocó la campana y pronunció las palabras que cada año condensan dos siglos de historia nacional en apenas unos minutos.

“Viva la libertad”.

“Viva la igualdad”.

“Viva la justicia”.

“Viva la democracia”.

Y, como remate político de una noche inevitablemente política: “Viva México independiente y soberano”.

Fue una ceremonia impecablemente construida en términos simbólicos. Hubo música, luces, pirotecnia, banderas, una multitud que el Gobierno de la Ciudad de México estimó en más de 180 mil personas y un mensaje deliberadamente conectado con el momento que atraviesa la relación con Estados Unidos.

Sería absurdo negar su fuerza.

Pero también sería un error confundir una plaza llena con la fotografía completa de un país.

Porque mientras en el Centro Histórico se gritaba “¡Viva México!”, en muchas regiones del territorio nacional millones de ciudadanos viven una realidad que difícilmente cabe dentro de una ceremonia patriótica.

Y ahí aparece la contradicción más profunda de este segundo Grito presidencial:

México puede celebrar orgullosamente su independencia y, al mismo tiempo, reconocer que todavía tiene demasiados territorios, familias y comunidades donde la libertad cotidiana está condicionada por la violencia.

Lo que sí es cierto: la soberanía no es una preocupación inventada

Comencemos por reconocer aquello que tiene fundamento.

La insistencia de Claudia Sheinbaum en la soberanía nacional no surgió de la nada.

La relación con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos políticamente más complejos de los últimos años. Washington ha incrementado la presión sobre México en seguridad, narcotráfico, migración y cooperación bilateral. Donald Trump ha vuelto a utilizar un discurso particularmente agresivo respecto al país y su gobierno ha elevado públicamente sus exigencias hacia las autoridades mexicanas.

Por eso, cuando Sheinbaum gritó “México libre, independiente y soberano”, no estaba pronunciando simplemente una frase decorativa.

Era un mensaje político.

Y México tiene derecho —y obligación— de defender su soberanía.

En eso no debería existir discusión partidista.

El problema comienza cuando la soberanía se transforma de principio de Estado en instrumento de narrativa gubernamental.

Porque defender a México frente a una presión extranjera es una cosa.

Utilizar esa presión para cohesionar políticamente alrededor del gobierno es otra.

La soberanía pertenece a México.

No a Morena.

No a la Cuarta Transformación.

No a la Presidencia.

La bandera nacional no puede convertirse en bandera partidista.

Ese límite importa particularmente después de meses en los que el oficialismo ha colocado la “defensa de la soberanía” en el centro de mítines, asambleas, discursos y movilizaciones partidistas.

Lo que también es cierto: los homicidios han disminuido

Otra afirmación que debe reconocerse, aunque contradiga a quienes prefieren una crítica simplista, es que existe una disminución importante del homicidio doloso.

Los datos oficiales consolidados hasta agosto muestran que el promedio diario pasó de 86.9 homicidios en septiembre de 2024 a 40.8 en agosto de 2026.

Es una reducción considerable.

Negarla únicamente porque beneficia políticamente al gobierno sería intelectualmente deshonesto.

La estrategia de seguridad de Claudia Sheinbaum presenta diferencias importantes respecto a la primera etapa de la Cuarta Transformación: mayor protagonismo de inteligencia, investigación criminal, detenciones de generadores de violencia y una conducción operativa encabezada por Omar García Harfuch.

Los resultados existen.

Pero aquí aparece el problema habitual de la comunicación gubernamental:

una mejora estadística no equivale automáticamente a una realidad resuelta.

México registra menos homicidios.

Eso es cierto.

México está en paz.

Eso sería mucho más difícil de sostener.

33.8 millones de delitos detrás de los fuegos artificiales

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública publicada por el INEGI pocos días antes del Grito proporciona una fotografía mucho menos ceremonial del país.

Durante 2025 se estimaron 33.8 millones de delitos.

En 28.5% de los hogares mexicanos, al menos uno de sus integrantes fue víctima de algún delito.

Y quizá el dato más devastador sea otro:

93.4% de los delitos no fue denunciado o no derivó en una carpeta de investigación.

Ese porcentaje debería aparecer junto a cualquier discurso triunfalista sobre seguridad.

Porque revela un problema mucho más profundo que la delincuencia.

Revela desconfianza.

Ineficacia institucional.

Impunidad.

Ciudadanos que consideran inútil acudir ante una autoridad.

Por eso resulta importante diferenciar homicidios de seguridad pública.

El asesinato es el indicador más extremo de violencia, pero no es el único.

Extorsión.

Desaparición.

Cobro de piso.

Fraude.

Robo.

Desplazamiento.

Amenazas.

Control criminal de comunidades.

Todo eso forma parte de la experiencia cotidiana de millones de mexicanos.

Un país puede reducir homicidios y continuar profundamente lastimado por la violencia.

Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Sinaloa: el otro Grito

Quizá ninguna imagen explique mejor esta contradicción que Sinaloa.

En 2026 regresaron las celebraciones públicas del Grito después de dos años de suspensiones provocadas por la violencia derivada de la guerra interna del Cártel de Sinaloa.

Que las fiestas hayan regresado es una buena noticia.

Que para hacerlo haya sido necesario un extraordinario despliegue de seguridad nos recuerda el tamaño del problema.

Miles de muertos y desaparecidos han dejado los enfrentamientos ocurridos desde 2024.

Negocios cerrados.

Familias desplazadas.

Empleos perdidos.

Comunidades modificando sus horarios y rutinas.

Ciudadanos aprendiendo a vivir dependiendo de si ese día la ciudad amaneció tranquila.

¿Qué significa independencia para ellos?

La pregunta no busca descalificar una ceremonia nacional.

Busca recuperar el significado de la palabra.

Porque una persona puede vivir jurídicamente dentro de un Estado soberano y, al mismo tiempo, no sentirse plenamente libre para circular por su propia ciudad.

Eso también debería formar parte de la conversación nacional.

Un “Viva” que no encuentra a los desaparecidos

En Puebla ocurrió otro episodio particularmente revelador.

Colectivos de madres buscadoras cuestionaron una de las arengas realizadas durante la celebración estatal.

Su mensaje fue devastador precisamente por su sencillez:

un “viva” no resuelve.

México tiene una crisis de desapariciones que lleva años creciendo y que atraviesa administraciones, partidos y gobiernos.

Datos recopilados a partir del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas mostraban en agosto de 2026 más de 133 mil personas todavía sin localizar dentro del acumulado histórico.

Detrás de cada registro hay una familia.

Una madre.

Un padre.

Un hermano.

Una búsqueda.

Por eso existe algo incómodo en las ceremonias oficiales cuando la palabra “justicia” se pronuncia desde un balcón mientras miles de familias excavan terrenos buscando a quienes el Estado no pudo encontrar.

No significa que la Presidenta no deba gritar “viva la justicia”.

Debería hacerlo.

Pero precisamente porque la pronuncia, la palabra adquiere una responsabilidad.

La justicia no se mide por cuántas veces se invoca, sino por cuántas víctimas pueden encontrarla.

El Zócalo lleno tampoco significa un país unánime

Otro dato merece ser colocado en contexto.

La asistencia al Zócalo fue enorme.

Las imágenes muestran una plaza repleta.

Eso existe y no debe minimizarse.

Pero una multitud durante las Fiestas Patrias tampoco puede presentarse como un plebiscito sobre un gobierno.

La gente acude al Grito por muchas razones.

Por tradición.

Por identidad.

Por música.

Por familia.

Por diversión.

Por patriotismo.

Y también, por supuesto, por simpatía política.

Confundir asistencia cívica con aprobación gubernamental sería un error.

Las encuestas muestran una realidad bastante más interesante.

Claudia Sheinbaum mantiene niveles elevados de aprobación. Mediciones publicadas al inicio de septiembre la ubicaron alrededor de 68% o 69%.

Por tanto, afirmar que México mayoritariamente rechaza a la Presidenta sería falso.

No existen datos que permitan sostenerlo.

Pero tampoco existe unanimidad.

Una encuesta nacional de El Financiero situó la desaprobación en 32%, mientras las evaluaciones favorables en seguridad, combate al crimen organizado y corrupción fueron considerablemente menores que la aprobación personal de la mandataria.

Es decir:

millones pueden aprobar a Claudia Sheinbaum y al mismo tiempo estar profundamente inconformes con áreas fundamentales de su gobierno.

La política mexicana es más compleja que una división entre seguidores y enemigos.

Las rechiflas también fueron parte de la noche

Esa complejidad apareció fuera de Palacio Nacional.

En diferentes ceremonias estatales hubo rechiflas, protestas, respuestas políticas y arengas relacionadas con la Cuarta Transformación.

En algunos casos, la incorporación explícita de referencias partidistas al ritual cívico produjo rechazo entre asistentes.

Eso merece una reflexión.

El Grito pertenece al Estado mexicano.

No debería pertenecer al partido gobernante.

Gobernadores de cualquier fuerza política deberían comprender que incorporar sus proyectos partidistas a una ceremonia que representa a todos los mexicanos inevitablemente excluye simbólicamente a quienes no comparten ese proyecto.

Se puede gritar “Viva México” sin gritar “Viva mi partido”.

De hecho, probablemente ahí se encuentre uno de los últimos espacios capaces de recordarnos que existe algo por encima de nuestras preferencias electorales.

“Viva la democracia” no es un dato verificable

Aquí conviene hacer otra precisión.

Sería incorrecto afirmar que Sheinbaum “mintió” cuando gritó “viva la libertad”, “viva la igualdad”, “viva la justicia” o “viva la democracia”.

No son datos.

Son valores.

Una arenga no puede verificarse como si fuera una estadística de crecimiento económico.

Lo que sí podemos hacer es confrontar esos valores con la realidad.

“Viva la democracia” obliga a hablar de contrapesos, elecciones, pluralidad y tolerancia al disenso.

“Viva la justicia” obliga a mirar impunidad, desapariciones y acceso a tribunales.

“Viva la libertad” obliga a preguntarnos si un comerciante que paga extorsión es completamente libre.

“Viva la soberanía” obliga a pensar no sólo en Washington, sino en aquellos territorios donde grupos criminales desafían cotidianamente la autoridad del Estado.

Porque existe otra soberanía de la que hablamos poco:

la soberanía interna.

La capacidad del Estado mexicano para ejercer autoridad efectiva sobre cada centímetro de su territorio.

Y ahí México todavía tiene una deuda enorme.

La economía también estaba en la plaza, aunque no apareciera en la arenga

Las Fiestas Patrias ofrecen una pausa emocional, pero no suspenden las preocupaciones económicas.

El Gobierno llega al cierre de su segundo año con estabilidad macroeconómica en varios indicadores y una Presidenta que conserva fuerte respaldo popular.

Pero el crecimiento sigue siendo modesto y una proporción relevante de ciudadanos considera que su situación económica ha empeorado.

Eso importa porque la percepción política rara vez se construye exclusivamente a partir del PIB.

Se construye frente al supermercado.

En el empleo.

En la mensualidad.

En la gasolina.

En el crédito.

En la capacidad de llegar a fin de mes.

Una familia no experimenta “la economía mexicana”.

Experimenta su propia economía.

Y esa distancia entre las cifras nacionales y la experiencia individual explica buena parte de la inconformidad que convive con una aprobación presidencial todavía elevada.

Patriotismo no significa cerrar los ojos

Hay quienes interpretan cualquier crítica durante una fecha nacional como falta de patriotismo.

Es exactamente al revés.

Un país adulto puede celebrar y cuestionarse al mismo tiempo.

Puede reconocer avances y señalar fracasos.

Puede respaldar a su Presidenta frente a presiones extranjeras y exigirle resultados dentro del territorio.

Puede sentirse orgulloso de su historia sin utilizar esa historia para ocultar su presente.

El segundo Grito de Claudia Sheinbaum tuvo elementos legítimamente significativos.

Una mujer volvió a encabezar la principal ceremonia cívica del país.

Se reconoció a mujeres insurgentes.

Se incorporó a pueblos indígenas y afromexicanos.

Se recordó a los migrantes.

Se defendió la soberanía mexicana en un momento internacional complejo.

Todo eso ocurrió.

Pero también ocurrió otro México.

El de Sinaloa.

El de las madres buscadoras.

El de las víctimas de extorsión.

El de los delitos nunca denunciados.

El de ciudadanos que reprueban la actuación gubernamental en seguridad o corrupción.

El México que también merece estar representado cuando se toca la campana de Dolores.

El Grito que todavía falta

Quizá el error más frecuente de cualquier gobierno sea pensar que una ceremonia exitosa confirma una realidad exitosa.

No funciona así.

Los gobiernos administran símbolos.

Pero son evaluados por resultados.

La imagen del Zócalo lleno fue poderosa.

También lo fue la presidenta pronunciando “México libre, independiente y soberano”.

Pero la verdadera prueba comienza cuando se apagan los fuegos artificiales.

Cuando las luces desaparecen.

Cuando las personas regresan a sus casas.

Cuando un comerciante abre su negocio al día siguiente.

Cuando una madre continúa buscando a su hijo.

Cuando alguien decide no denunciar un robo porque considera que no servirá de nada.

Cuando una familia de Sinaloa calcula a qué hora debe volver a casa.

Cuando millones de ciudadanos comparan el discurso gubernamental con aquello que viven.

Ahí comienza el verdadero informe de la nación.

No sería justo afirmar que México no ha avanzado en seguridad.

Los datos muestran que sí existen avances importantes.

Tampoco sería responsable negar que Claudia Sheinbaum conserva un respaldo ciudadano considerable.

Lo conserva.

Pero reconocer ambas cosas no obliga a ignorar aquello que sigue mal.

Ese quizá sea el verdadero significado que debería tener el patriotismo en 2026:

no aplaudir automáticamente al poder, pero tampoco negar los avances simplemente porque los produjo un gobierno que no nos gusta.

Patriotismo también es exigir que las palabras pronunciadas desde Palacio Nacional encuentren correspondencia en las calles.

Que “viva la justicia” tenga significado para las familias de los desaparecidos.

Que “viva la libertad” tenga sentido para quienes viven amenazados por la delincuencia.

Que “viva la democracia” incluya a quienes discrepan.

Y que “viva México independiente y soberano” signifique no sólo que ningún gobierno extranjero decide por nosotros, sino que ningún grupo criminal pueda decidir cómo vivimos dentro de nuestro propio territorio.

El Grito de Independencia dura unos minutos.

Construir un país verdaderamente libre tarda generaciones.

La noche del 15 de septiembre México volvió a gritar tres veces su nombre.

El desafío para Claudia Sheinbaum comienza cuando debe conseguir que, al día siguiente, millones de mexicanos puedan vivir aquello que la noche anterior celebraron.

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