
La idea de que los refrescos light pueden ayudarte a perder peso se está volviendo cada vez más complicada, ya que investigaciones recientes sugieren que pueden confundir al cerebro y provocar ganas de comer.
Millones de personas consumen refrescos light cada día para reducir su ingesta de azúcar, controlar su peso o tomar decisiones más saludables. Sin embargo, nuevas investigaciones sugieren que estas bebidas endulzadas artificialmente pueden hacer algo más que satisfacer el gusto por lo dulce: también pueden estar alterando silenciosamente la forma en que el cerebro regula el hambre.
Los edulcorantes artificiales han sido objeto de controversia durante mucho tiempo por su posible relación con el cáncer y la mala salud intestinal. Sin embargo, algunos estudios indican que edulcorantes como la sucralosa pueden estimular las regiones del cerebro involucradas en la señalización del hambre, lo que podría desencadenar la necesidad de comer.
No está tan claro si eso conduce a un aumento de peso real, pero la idea de que los refrescos light favorecen la pérdida de peso se está volviendo cada vez más complicada.
¿En qué se diferencia la sucralosa del azúcar?
Cuando comes o bebes algo con calorías, como un refresco azucarado, tu cuerpo inicia una cascada de respuestas diseñadas para gestionar la energía. La glucosa se absorbe en el torrente sanguíneo, el intestino libera hormonas como el GLP-1 y la leptina, y el páncreas produce insulina. Juntas, estas señales le indican al hipotálamo, el centro de control del hambre del cerebro, que ha llegado energía, lo que te ayuda a sentirte lleno y satisfecho.
Pero ese ciclo de retroalimentación se rompe cuando entran en escena edulcorantes artificiales como la sucralosa. Estos cambios pueden observarse mediante resonancias magnéticas funcionales que muestran la actividad del hipotálamo y sus conexiones con otras regiones del cerebro, afirma Kathleen Page, endocrinóloga y directora del Instituto de Diabetes y Obesidad de la Facultad de Medicina Keck de la Universidad del Sur de California.
«Creemos que [la actividad] puede ser un biomarcador de la señalización de la saciedad», afirma. El consumo de glucosa suele provocar una disminución de la actividad hipotalámica, lo que se asocia con la sensación de saciedad. La sucralosa, un edulcorante artificial, parece aumentar la actividad en esa región del cerebro.
El equipo de Page lo comprobó dando a 75 adultos jóvenes bebidas endulzadas con sucralosa, sacarosa (azúcar de mesa) o agua sin endulzar. Descubrieron que las bebidas endulzadas con sucralosa aumentaban el flujo sanguíneo al hipotálamo y provocaban un aumento del hambre, mientras que las bebidas endulzadas con sacarosa reducían el flujo sanguíneo y el hambre.
Y, a diferencia de la sacarosa, descubrieron que los edulcorantes artificiales no aumentaban los niveles de insulina y GLP-1 en la sangre, algunas de las hormonas relacionadas con la promoción de la saciedad. Estudios previos en ratones muestran resultados similares.
¿Una posible explicación? Una desconexión entre el sabor y la nutrición. La sucralosa es cientos de veces más dulce que el azúcar, pero no contiene calorías.












