Columna | INE bajo sospecha: los contratos que ponen a prueba a Guadalupe Taddei

Antonio TrejoFricción Pública
Por Antonio Trejo
Análisis, contexto y opinión sobre los temas que definen a México.


Hay instituciones que pueden sobrevivir a una mala administración.

El Instituto Nacional Electoral no tiene ese lujo.

El INE administra elecciones, padrón, credenciales, fiscalización, casillas y miles de millones de pesos públicos. Pero administra, sobre todo, algo mucho más delicado: confianza.

Por eso lo que está ocurriendo alrededor de Guadalupe Taddei y diversos proveedores de materiales electorales no puede tratarse como una controversia administrativa más.

La Auditoría Superior de la Federación ha iniciado una investigación de oficio después de informar que cuenta con elementos e indicios relacionados con posibles irregularidades en contrataciones, conflictos de interés, colusiones y triangulación de recursos.

No existe, hasta ahora, una resolución que determine culpabilidad de la presidenta del INE.

Tampoco existe una sentencia que pruebe una red de corrupción dentro del Instituto.

Esa precisión es indispensable.

Pero igualmente indispensable resulta decir otra cosa:

ya no estamos solamente frente a rumores políticos. Existen investigaciones institucionales que obligan al INE a responder con una transparencia mucho mayor que la ordinaria.

Siete empresas bajo la lupa

El origen inmediato de la controversia está en investigaciones periodísticas que revelaron que la Unidad de Inteligencia Financiera mantiene bajo análisis a siete empresas relacionadas con el suministro de materiales electorales.

Entre las compañías mencionadas aparecen Corporativo Zeg, Cajas Graf, Formas Finas y Materiales, Seriplast de México, Diseño Reconstrucción y Comunicación, Formas Finas Fernando Hernández y Comercializadora Grupo Selati.

Las indagatorias periodísticas han señalado posibles esquemas de simulación de competencia entre compañías relacionadas y movimientos financieros que podrían involucrar triangulación de recursos.

Ese es precisamente uno de los puntos que ahora deberá revisar la Auditoría Superior.

Lo delicado no es únicamente que existan proveedores investigados.

En cualquier institución de enorme tamaño puede ocurrir que una empresa contratada posteriormente enfrente una investigación.

El problema aparece cuando alrededor de esos proveedores comienzan a aparecer relaciones personales, laborales y administrativas con funcionarios que han ocupado posiciones relevantes dentro del propio sistema electoral.

Y ahí la historia se vuelve mucho más incómoda.

El caso de Jesús Octavio García González

Uno de los nombres centrales es Jesús Octavio García González.

García González fue representante de empresas proveedoras de materiales electorales, entre ellas Cajas Graf y Corporativo Zeg.

Posteriormente fue nombrado director ejecutivo de Administración del INE durante la presidencia de Guadalupe Taddei.

El cargo no es menor.

La Dirección Ejecutiva de Administración participa en una estructura responsable del ejercicio presupuestal, adquisiciones, recursos materiales y operación financiera del Instituto.

Según información publicada durante 2026, García González había representado previamente a empresas que participaron en procedimientos de contratación relacionados con organismos electorales.

Terminó dejando la Dirección de Administración en abril de este año.

El dato, por sí mismo, no demuestra un delito.

Pero sí plantea una pregunta elemental de integridad pública:

¿era adecuado colocar al frente de una de las áreas administrativas más importantes del INE a alguien que previamente había representado a proveedores del mismo sector electoral?

Legalidad y conflicto de interés no son exactamente la misma discusión.

Algo puede haber cumplido formalmente requisitos de nombramiento y aun así generar una percepción razonable de conflicto.

En instituciones electorales, esa percepción importa.

La licitación que terminó en adjudicación directa

Otro episodio que merece explicación es una contratación relacionada con materiales electorales.

Según información publicada por distintos medios, una licitación en la que participaron Cajas Graf y otras compañías fue declarada desierta después de que las propuestas incumplieran requisitos técnicos.

Posteriormente se realizó una adjudicación directa por aproximadamente 195 a 197 millones de pesos para garantizar la producción y entrega de materiales.

Guadalupe Taddei ha explicado que este mecanismo se utiliza cuando las propuestas recibidas no cumplen las condiciones de la convocatoria y el Instituto debe asegurar que los materiales estén disponibles dentro de los plazos electorales.

Esa explicación puede ser administrativamente válida.

Pero no resuelve completamente el problema.

Porque cuando una empresa participa en una licitación, no obtiene originalmente el contrato y después termina integrada en una adjudicación directa millonaria, la obligación de transparencia debe ser extraordinaria.

No basta con decir que el procedimiento está permitido.

Hay que mostrar:

por qué falló la licitación;

qué requisitos incumplieron los participantes;

por qué se seleccionaron posteriormente determinadas empresas;

cómo se determinaron los precios;

qué alternativas fueron consideradas;

y quiénes participaron en cada decisión.

En contratación pública, la legalidad formal es el piso. La transparencia debe ser el techo.

El antecedente de Sonora

Los cuestionamientos también miran hacia la trayectoria anterior de Taddei.

Antes de llegar al INE, presidió el Instituto Estatal Electoral de Sonora.

Registros periodísticos indican que Cajas Graf obtuvo allí, durante 2021, un contrato cercano a 46.9 millones de pesos.

Esto tampoco demuestra automáticamente favoritismo.

Las empresas especializadas en documentación y materiales electorales participan regularmente en procesos de distintos institutos locales.

El mercado es relativamente reducido.

Ese es uno de los argumentos de Taddei.

Y es un argumento que debe tomarse en serio.

Pero cuando las mismas empresas aparecen repetidamente en distintos organismos, cuando existen personas que transitan de compañías proveedoras hacia posiciones administrativas y cuando además surgen relaciones personales con empresarios del sector, la acumulación de coincidencias obliga a una revisión más profunda.

No para declarar culpables.

Para eliminar dudas.

La ASF ya había encontrado problemas antes

La actual investigación tampoco aparece completamente de la nada.

En febrero, una auditoría forense de la ASF sobre operaciones del INE relacionadas con las elecciones de 2024 detectó observaciones por alrededor de 66.5 millones de pesos.

La partida más importante, de aproximadamente 63.2 millones, correspondía a un servicio de impresión, producción y distribución de materiales de simulacro adjudicado a Comercializadora JVLY.

La Auditoría señaló entonces que no se encontraba acreditada la totalidad de la documentación justificativa y comprobatoria necesaria para demostrar plenamente la prestación del servicio.

También documentó diferencias entre materiales estipulados contractualmente y los reportados como recibidos por estructuras distritales y personal electoral.

Esto no significa que los 66 millones hayan sido robados.

Una observación de auditoría no equivale a un desfalco comprobado.

Puede ser solventada.

Puede generar responsabilidades administrativas.

Puede terminar aclarada.

O puede derivar en consecuencias más graves.

Pero sí revela que las debilidades administrativas del INE en materia de contratación ya habían sido identificadas antes de la crisis actual.

Ese contexto importa.

La defensa de Taddei

Guadalupe Taddei ha sido categórica:

“Esta presidencia no tiene empresas favoritas”.

También sostiene que la Presidencia del INE no decide directamente quién gana las contrataciones y que los procedimientos pasan por áreas técnicas, administrativas y comités especializados.

El argumento tiene fundamento institucional.

Las adquisiciones del INE no dependen de una orden personal de la consejera presidenta.

Y sería incorrecto presentar cada contrato como si Taddei hubiera escogido directamente al proveedor.

La propia presidenta del Instituto solicitó la intervención de la ASF y remitió antecedentes al Órgano Interno de Control.

Además, anunció una plataforma de transparencia denominada “INE. Siempre a la vista”, donde podrán consultarse procedimientos, participantes, contratos, montos y pagos.

Todas esas decisiones son correctas.

Pero llegan después del escándalo.

Y eso también debe señalarse.

La transparencia es mucho más poderosa cuando existe antes de la sospecha que cuando aparece como respuesta a ella.

El proveedor y la relación personal

La controversia ha adquirido una dimensión particularmente delicada por reportes sobre José Alfredo Hernández Casillas, empresario relacionado con compañías proveedoras.

Medios han documentado una cercanía personal entre Hernández Casillas y Guadalupe Taddei, incluyendo encuentros sociales.

Representantes partidistas dentro del Consejo General han utilizado esa relación para exigir explicaciones e incluso pedir que la consejera presidenta se separe temporalmente del cargo.

Taddei niega que exista conflicto de interés.

Hasta ahora no existe una resolución oficial que determine lo contrario.

Aquí conviene establecer una regla básica:

ser amigo de un proveedor no constituye por sí mismo corrupción.

Pero cuando existe una relación personal y el entorno empresarial de esa persona obtiene contratos públicos dentro de una institución presidida por quien mantiene esa relación, el estándar de prevención debe ser más alto.

No basta con declarar que no hubo intervención.

Debe poder demostrarse documentalmente que no existió.

La prueba que realmente importa

El verdadero problema para Taddei no está únicamente en determinar si una firma recibió un contrato legal.

Está en reconstruir toda la cadena.

Quién convocó.

Quién evaluó.

Quién descalificó.

Quién recomendó.

Quién adjudicó.

Quién firmó.

Quién supervisó.

Quién recibió los bienes.

Quién autorizó los pagos.

Qué relación tenía cada funcionario con cada empresa.

Qué declararon en sus formatos de intereses.

Y qué movimientos financieros realizaron posteriormente proveedores y personas relacionadas.

Eso es lo que deberán revisar el OIC, la ASF y, en su ámbito, la UIF.

Todo lo demás son posiciones políticas.

2027 convierte el problema administrativo en problema democrático

Si esta controversia ocurriera dentro de cualquier otra dependencia, sería grave.

En el INE tiene una dimensión adicional.

El Instituto ya está organizando la elección de 2027.

El próximo año estarán en disputa las 500 diputaciones federales, 17 gubernaturas y miles de cargos locales.

El organismo tendrá que contratar materiales.

Imprimir documentos.

Adquirir servicios.

Coordinar logística.

Fiscalizar partidos.

Resolver controversias.

Y convencer a más de cien millones de electores potenciales de que el proceso es imparcial.

Eso requiere dinero.

Pero, sobre todo, requiere confianza.

No puede existir un árbitro electoral fuerte con una administración permanentemente bajo sospecha.

Incluso si las auditorías terminan exonerando completamente a Taddei, el Instituto tiene la obligación de llegar a esa conclusión mediante expedientes públicos y verificables.

Porque en una autoridad electoral no basta con afirmar independencia.

Hay que demostrarla.

No se trata todavía de sentenciar a Taddei

La política mexicana tiene una pésima costumbre.

Convertir una investigación en sentencia cuando afecta al adversario.

Y convertirla en persecución cuando afecta al aliado.

Eso es exactamente lo que debería evitarse aquí.

La oposición exige renuncia.

Morena reclama investigaciones.

El Gobierno pide aclaraciones.

Taddei denuncia una estrategia para desacreditar al Instituto.

Cada actor tiene incentivos políticos evidentes.

Por eso la discusión debe salir de la arena partidista.

No sabemos todavía si existieron conflictos de interés sancionables.

No sabemos si hubo colusión.

No sabemos si existió triangulación ilegal.

No sabemos si la UIF encontrará operaciones ilícitas.

No sabemos qué responsabilidades determinará la ASF.

Lo que sí sabemos es que existen suficientes indicios para que las autoridades fiscalizadoras hayan decidido investigar.

Y eso ya obliga a una respuesta institucional extraordinaria.

El INE tiene que abrir las ventanas

La salida no debería ser más discursos.

Debería ser información.

Todos los contratos señalados.

Todos los participantes.

Todas las propuestas económicas.

Todos los fallos.

Las actas de los comités.

Las declaraciones de intereses.

Los pagos.

Las entregas.

Las modificaciones contractuales.

Las auditorías.

Las sanciones.

Todo.

Si no hubo favoritismo, la documentación debe demostrarlo.

Si existieron irregularidades administrativas, deben corregirse.

Si alguien omitió declarar conflictos de interés, debe investigarse.

Y si existieron conductas delictivas, deberán sancionarse.

No importa quién sea.

Porque el verdadero riesgo de este episodio no es solamente Guadalupe Taddei.

Es la institución.

México ha tardado décadas en construir un sistema donde la autoridad electoral no dependa directamente del Gobierno.

Ese patrimonio institucional no puede ponerse en riesgo por relaciones personales, administraciones deficientes o proveedores que operen en zonas grises.

El problema ya no es demostrar que el INE puede organizar una elección.

Lo ha demostrado muchas veces.

El desafío ahora es demostrar que puede administrar su propio dinero con el mismo nivel de exigencia con el que fiscaliza el dinero de los partidos.

Y ahí no debería existir ninguna excepción.

Ni para un proveedor.

Ni para un funcionario.

Ni para un consejero.

Ni siquiera para quien preside al árbitro electoral.

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