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Columna | AMLO vuelve sin volver: Sheinbaum y el riesgo de gobernar bajo la sombra del fundador

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AMLO
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Antonio TrejoFricción Pública
Por Antonio Trejo
Análisis, contexto y opinión sobre los temas que definen a México.


Andrés Manuel López Obrador asegura que está retirado de la política cotidiana. Vive en Palenque, escribe libros, evita conferencias, no ocupa formalmente ningún cargo público y sostiene que no pretende convertirse en cacique, “jefe máximo” ni poder detrás del trono.

El problema es que un político como López Obrador puede abandonar Palacio Nacional sin abandonar necesariamente el centro de gravedad de la política mexicana.

Bastó una cámara, una finca en Chiapas y poco más de una hora de mensaje para demostrarlo.

El pasado 30 de septiembre, a prácticamente dos años de haber dejado la Presidencia, López Obrador reapareció para presentar anticipadamente Pueblo, su nuevo libro, cuya publicación está prevista para el 12 de octubre. La obra, de más de 700 páginas, pretende realizar una lectura histórica de México desde la Independencia hasta la llamada Cuarta Transformación.

Pero el acontecimiento importante no fue editorial.

Fue político.

AMLO volvió a hablar y México volvió a discutir sobre AMLO.

Criticó a sus adversarios tradicionales, cuestionó nuevamente a Estados Unidos, defendió la soberanía nacional, arremetió contra una parte de la prensa, reivindicó su legado y dedicó el libro a Claudia Sheinbaum, a quien calificó como una presidenta “extraordinaria” e incluso como “la mejor presidenta del mundo”.

Puede parecer un respaldo generoso.

Políticamente es mucho más complicado.

Porque cuando el fundador de un movimiento todavía posee mayor peso simbólico que prácticamente cualquier dirigente de ese movimiento, incluso sus elogios pueden convertirse en una forma involuntaria de tutela.

Retirarse del cargo no significa retirarse del poder

Hay una diferencia fundamental entre ocupar el poder y conservar influencia.

López Obrador ya no firma decretos.

No encabeza reuniones del Gabinete.

No presenta presupuestos.

No conduce formalmente Morena.

No negocia públicamente con gobernadores.

No existen elementos suficientes para afirmar que desde Palenque dicta diariamente las decisiones del Gobierno federal.

Sería irresponsable sostenerlo sin pruebas.

Pero tampoco puede ignorarse lo evidente:

López Obrador conserva una capacidad extraordinaria para definir conversaciones, movilizar militantes y establecer referencias ideológicas dentro de Morena.

La propia Claudia Sheinbaum lo reconoció después de su reaparición.

El expresidente, explicó, se retiró de la vida pública y de la acción política cotidiana, pero escribir también constituye una manera de hacer política.

Exactamente.

Ahí está el centro del problema.

AMLO puede no estar haciendo política operativa, pero continúa haciendo política simbólica.

Y en movimientos construidos alrededor de liderazgos carismáticos, la política simbólica puede pesar tanto como un nombramiento.

Un gobernador observa.

Un senador interpreta.

Un aspirante presidencial toma nota.

Un candidato en busca de una gubernatura escucha.

Un dirigente partidista intenta leer entre líneas.

En esos contextos, una frase del fundador puede convertirse en señal incluso cuando el fundador asegura que solamente está expresando una opinión.

México ya conoce el problema de los dos poderes

La historia mexicana proporciona un antecedente demasiado importante como para ignorarlo, aunque sería incorrecto equipararlo mecánicamente con la situación actual.

Plutarco Elías Calles dejó la Presidencia en 1928, pero continuó ejerciendo enorme influencia durante los gobiernos posteriores. Fue conocido como el “Jefe Máximo de la Revolución” y el periodo terminó identificado como el Maximato.

Existían formalmente presidentes.

Pero también existía una figura política cuya autoridad trascendía al cargo.

La dualidad terminó cuando Lázaro Cárdenas construyó su propia autoridad y finalmente expulsó a Calles del país en 1936.

México hoy no vive un Maximato.

Claudia Sheinbaum no es Pascual Ortiz Rubio y López Obrador no gobierna formalmente desde Chiapas.

Hacer esa equivalencia sería históricamente simplista.

Pero resulta imposible ignorar que el propio López Obrador utilizó las palabras “jefe máximo” y “poder detrás del trono” para negar precisamente ese escenario.

Cuando un expresidente siente la necesidad de aclarar que no existe un segundo poder, significa al menos que comprende perfectamente que la pregunta está instalada en la conversación pública.

Y lo está por una razón.

Sheinbaum necesita algo más que el permiso de su antecesor para ser presidenta

Claudia Sheinbaum enfrenta una paradoja política extraordinaria.

No puede romper con López Obrador porque su victoria electoral, Morena y buena parte de su legitimidad política proceden del movimiento construido por él.

Pero tampoco puede permitir que cada decisión presidencial sea interpretada preguntando primero qué habría hecho López Obrador.

La continuidad fue una promesa electoral.

La subordinación nunca debería serlo.

Sheinbaum necesita conservar la identidad de la Cuarta Transformación y al mismo tiempo demostrar que esa transformación puede sobrevivir a su fundador.

Ese es quizá el mayor desafío político de su sexenio.

Y hay elementos que demuestran que ha comenzado a construir márgenes propios.

La estrategia de seguridad encabezada por Omar García Harfuch ha dado mayor peso a inteligencia, investigación y persecución de estructuras criminales, alejándose en la práctica de algunos de los componentes más controvertidos del “abrazos, no balazos”.

También ha corregido partes de la reforma judicial heredada, ha realizado movimientos dentro del oficialismo que afectan a figuras estrechamente vinculadas con el expresidente y ha tomado decisiones energéticas y administrativas que no siempre reproducen exactamente las preferencias de López Obrador.

No estamos, por tanto, frente a una presidenta inmóvil esperando instrucciones.

Sheinbaum gobierna.

Pero precisamente porque gobierna, cada aparición de AMLO obliga nuevamente a demostrarlo.

El elogio que también pesa

Cuando López Obrador llama a Sheinbaum “la mejor presidenta del mundo”, el oficialismo celebra.

La Presidenta agradece.

Los simpatizantes comparten el video.

Morena encuentra una fotografía de unidad.

Pero hay una segunda lectura.

¿Por qué continúa siendo tan importante que López Obrador otorgue su aprobación?

Una presidenta constitucional no necesita certificación política de su antecesor.

Su legitimidad proviene del voto ciudadano, no de la bendición del fundador.

El elogio puede fortalecerla frente a la base obradorista, pero también puede reforzar la idea de que AMLO continúa siendo la instancia moral superior dentro del movimiento.

Ese es el riesgo de las sucesiones dentro de partidos altamente personalistas: el sucesor recibe el poder institucional, mientras el fundador conserva durante algún tiempo el poder emocional.

Y ambos poderes no siempre caminan al mismo ritmo.

Hasta ahora Sheinbaum ha conseguido evitar un enfrentamiento.

Ha respondido con reconocimiento.

Defiende el legado.

Habla de López Obrador con respeto.

No muestra interés en una ruptura.

Probablemente sea políticamente inteligente.

Pero tarde o temprano cualquier presidencia enfrenta decisiones donde continuidad y autonomía dejan de ser compatibles.

Ese será el verdadero examen.

El momento de la reaparición tampoco es irrelevante

En política, el calendario importa.

López Obrador reaparece cuando México ya se encuentra dentro del proceso electoral 2026-2027.

La elección intermedia renovará la Cámara de Diputados y coincidirá con elecciones locales en todo el país, incluidas 17 gubernaturas y miles de cargos.

Morena enfrenta además procesos internos donde diferentes grupos compiten por candidaturas, espacios legislativos y control territorial.

En semejante escenario, cualquier mensaje del fundador adquiere dimensiones electorales aunque formalmente no solicite un solo voto.

Porque López Obrador no es simplemente un escritor presentando un ensayo histórico.

Es el fundador del partido gobernante.

Es el expresidente que llevó a Morena a Palacio Nacional.

Es la figura alrededor de la cual se construyó buena parte de la identidad de la 4T.

Y es padre de uno de los actores que participa directamente en la estructura política del movimiento.

Creer que sus opiniones pueden permanecer aisladas de la competencia electoral sería desconocer cómo funciona el poder.

No necesita levantarle la mano a ningún candidato.

A veces basta con hablar.

También importa aquello de lo que AMLO decide no hablar

Su regreso volvió a mostrar una característica conocida de López Obrador: extraordinaria capacidad para seleccionar el campo sobre el cual quiere discutir.

Habló de historia.

De soberanía.

De intervencionismo estadounidense.

De expresidentes.

De medios.

De enemigos políticos.

De la Cuarta Transformación.

Pero su mensaje inicial evitó profundizar en algunas de las controversias más incómodas que actualmente rodean al oficialismo.

Ahí aparece una contradicción interesante.

Quien vuelve al debate público para explicar el presente inevitablemente debe aceptar preguntas sobre el presente completo, no solamente sobre la parte del presente que favorece su narrativa.

El retiro selectivo tiene límites.

No se puede ocupar nuevamente el centro de la discusión política y al mismo tiempo pretender estar fuera de la discusión política.

Ese equilibrio será cada vez más difícil de mantener.

Estados Unidos vuelve a proporcionarle un adversario

Pueblo también devuelve al escenario una de las narrativas más poderosas del obradorismo: la defensa de México frente al intervencionismo estadounidense.

Hay razones reales para discutir el asunto.

La relación entre el Gobierno de Donald Trump y México atraviesa tensiones importantes relacionadas con narcotráfico, seguridad, migración, comercio y operaciones de agencias estadounidenses.

Sheinbaum ha tenido que defender la soberanía mientras evita una ruptura económica con el principal socio comercial del país.

Es un equilibrio extremadamente delicado.

López Obrador puede darse el lujo de utilizar un lenguaje mucho más duro porque ya no ocupa la Presidencia.

Sheinbaum no.

Ella debe administrar las consecuencias.

Y ahí encontramos otra manifestación de la dualidad.

El expresidente puede representar la voz ideológica del movimiento; la Presidenta debe representar los intereses concretos del Estado mexicano.

No siempre serán compatibles.

Un expresidente puede escribir que Estados Unidos desarrolla una política prepotente o injerencista.

La Presidenta debe, al día siguiente, negociar seguridad, comercio, migración, inversión y cooperación diplomática con Washington.

Esa diferencia no es menor.

Gobernar exige algo que la militancia rara vez concede:

pragmatismo.

La autonomía también se mide en pesos

Existe otra dimensión que suele quedar fuera del análisis estrictamente político.

La autonomía presidencial también es económica.

Sheinbaum heredó programas sociales, megaproyectos, compromisos presupuestarios, una Pemex financieramente presionada y una estructura de gasto construida durante el sexenio anterior.

Pero el Paquete Económico de 2027 ya es responsabilidad de su gobierno.

El proyecto plantea nuevamente un déficit relevante y una deuda pública que seguirá exigiendo disciplina fiscal en un contexto de crecimiento moderado.

Ahí no existe posibilidad de gobernar desde la nostalgia.

Las calificadoras no evalúan discursos.

Los inversionistas no compran simbolismos.

Las tasas de interés no distinguen entre obradorismo y sheinbaumismo.

El mercado termina obligando a cada presidenta a asumir sus propias decisiones.

Sheinbaum tendrá que decidir cuánto gastar, dónde invertir, cómo financiar programas sociales, qué hacer con Pemex, cómo atraer inversión privada y hasta qué punto continuar evitando una reforma fiscal profunda.

Ese terreno será probablemente más determinante para establecer su autonomía que cualquier discurso.

Porque una presidencia puede compartir ideología con la anterior.

Pero nunca comparte completamente sus facturas.

AMLO tiene derecho a hablar

Conviene establecerlo con claridad.

Andrés Manuel López Obrador es ciudadano mexicano.

Puede publicar libros.

Puede conceder entrevistas.

Puede criticar al Gobierno estadounidense.

Puede opinar sobre Claudia Sheinbaum.

Puede defender su legado.

Puede cuestionar periodistas.

Puede participar en el debate público.

Pretender que un expresidente debe guardar silencio absoluto sería absurdo y profundamente antidemocrático.

Fox habla.

Calderón habla.

Zedillo habla.

Salinas ha intervenido ocasionalmente.

López Obrador tiene exactamente el mismo derecho.

El problema no es que hable. El problema es el peso que todavía tiene cuando habla.

Y eso tampoco es jurídicamente reprochable.

Es políticamente relevante.

La responsabilidad, por tanto, no recae exclusivamente sobre López Obrador.

También recae sobre Morena y sobre Claudia Sheinbaum.

El partido debe demostrar que puede institucionalizarse y dejar de depender emocionalmente de su fundador.

La Presidenta debe demostrar que puede reconocer el legado sin necesitar autorización.

Y los funcionarios deben entender que su jefa política e institucional se encuentra en Palacio Nacional, no en Palenque.

El desafío de una presidencia propia

Existe una tentación dentro de Morena de interpretar cualquier discusión sobre la autonomía de Sheinbaum como una estrategia opositora para dividir al movimiento.

Es una lectura demasiado cómoda.

La pregunta es legítima porque toda sucesión construida alrededor de un fundador carismático enfrenta exactamente el mismo problema.

¿Puede sobrevivir el proyecto cuando el líder deja el cargo?

Las organizaciones que no consiguen hacerlo terminan convertidas en extensiones biográficas de una persona.

Las que sí lo consiguen se convierten en instituciones.

Ahí se juega buena parte del futuro de Morena.

La verdadera prueba de López Obrador no consiste en demostrar cuánto poder conserva, sino cuánto poder está dispuesto a dejar de ejercer.

Y la verdadera prueba de Sheinbaum no consiste en demostrar cuánto admira a su antecesor, sino cuánto puede gobernar sin depender de él.

No necesitan romper.

No necesitan enfrentarse.

No necesitan convertirse en adversarios.

La autonomía no exige traición.

Exige límites.

Palenque no puede convertirse en una segunda ventanilla del poder

Hasta ahora no existen elementos suficientes para afirmar que México tiene dos presidentes.

Sería una exageración.

Claudia Sheinbaum ocupa constitucionalmente la Presidencia y existen decisiones de su gobierno que muestran conducción propia.

Pero tampoco sería serio ignorar el extraordinario poder simbólico que continúa acumulando López Obrador dentro de la 4T.

Su reaparición lo confirmó.

Ochenta minutos fueron suficientes para dominar durante días la conversación pública.

Eso dice mucho de AMLO.

Pero también dice algo de Morena.

Después de ocho años gobernando México, el movimiento todavía continúa orbitando alrededor de su fundador.

Tarde o temprano tendrá que decidir si la Cuarta Transformación es una corriente política capaz de sobrevivir a López Obrador o si López Obrador continúa siendo indispensable para explicar la Cuarta Transformación.

Porque un expresidente puede escribir.

Puede opinar.

Puede aconsejar.

Puede respaldar.

Puede incluso convertirse en referencia moral para millones de personas.

Lo que no debería existir en una democracia presidencial es una duda permanente sobre dónde termina su influencia y dónde comienza la autoridad del gobierno en funciones.

México ya tiene una Presidenta.

Y cuanto más frecuente resulte necesario recordarlo después de cada aparición de López Obrador, más evidente será que el problema no está completamente resuelto.

El mejor legado que AMLO podría dejarle a su movimiento ya no consiste en hablar por él.

Consiste en permitirle caminar sin él.

Y el mayor éxito político de Claudia Sheinbaum no será demostrar que puede continuar la obra de López Obrador.

Será demostrar que puede gobernar México con una voz reconociblemente propia.

Porque la continuidad puede ser una decisión electoral.

La autonomía presidencial, en cambio, es una obligación constitucional.

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