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El cine pierde a Béla Tarr, el director que filmó la dignidad humana

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D'A Festival Cinema Barcelona
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El cine europeo pierde a una de sus figuras más radicales, influyentes y difíciles de domesticar. Béla Tarr, director húngaro y autor de una de las filmografías más singulares del cine contemporáneo, murió este martes 6 de enero a los 70 años, según confirmó el director Bence Fliegauf a la agencia MTI en nombre de la familia.

Hablar de Béla Tarr no es hablar solo de películas, sino de una forma de mirar el mundo. De un cine que rechazó la prisa, la espectacularidad y las reglas de la industria para concentrarse en lo esencial: las personas, el tiempo y la dignidad humana.

El autor de Sátántangó y el cine llevado al límite

Su nombre quedará inevitablemente ligado a Sátántangó (1994), una película de más de siete horas de duración, filmada en un hipnótico blanco y negro y considerada hoy una de las obras maestras del cine moderno. Adaptación de la novela homónima de László Krasznahorkai, la película no solo desafió los límites de la narrativa cinematográfica, sino también la paciencia y las expectativas del espectador.

Lejos de buscar concesiones, Tarr convirtió la repetición, los planos secuencia interminables y el silencio en herramientas expresivas. Sátántangó no se mira: se atraviesa.

Una alianza creativa irrepetible

La colaboración con Krasznahorkai marcó el corazón de su obra. De ese diálogo entre cine y literatura nacieron títulos fundamentales como Las armonías de Werckmeister (2000), adaptación de La melancolía de la resistencia, y El hombre de Londres (2007), basada en una novela de Georges Simenon.

Ambos compartían una visión pesimista pero profundamente humana del mundo. Tarr aportaba el ritmo, la estructura visual y la materia cinematográfica; Krasznahorkai, la densidad filosófica y moral. El resultado fue un cine comparado frecuentemente con el de Michelangelo Antonioni y Andréi Tarkovski, no por imitación, sino por afinidad espiritual.

Del realismo social a la metafísica del agotamiento

En sus primeras películas, como La condena (1987), Tarr se interesó por retratos crudos y sociales de la Hungría de su tiempo. Con los años, su cine evolucionó hacia una exploración cada vez más abstracta y metafísica de la existencia, marcada por la repetición, el deterioro y la sensación de un mundo que se apaga lentamente.

Ese camino alcanzó su punto final con El caballo de Turín (2011), considerada desde su estreno como su testamento fílmico. La película, protagonizada apenas por tres personajes —un campesino inválido, su hija y un caballo—, reduce la narrativa al mínimo para observar la rutina, el silencio y el desgaste de la vida cotidiana. Una de sus escenas más recordadas dedica diez minutos a mostrar cómo los personajes pelan patatas en silencio. Para Tarr, eso era cine.

Un cineasta contra la industria

Béla Tarr nunca ocultó su rechazo al modelo industrial del cine. Afirmó no creer “en la honestidad ni en la autenticidad del cine de Hollywood” y defendió que en la pantalla debían aparecer “personas reales, representadas de manera honesta y sincera”.

En marzo de este año, durante un homenaje en el D’A – Festival de Cine de Barcelona, recibió el Premio Honorífico 2025. Allí, frente a estudiantes y cineastas jóvenes, resumió su filosofía con una claridad brutal:

“El cine está ahí cuando algo te importa y quieres compartirlo. Eso es muy humano”.

Anarquista declarado, insistía en la responsabilidad moral del cineasta:

“He hecho películas con vuestros impuestos. Lo que devuelves al público es importante”.

Y como consejo final, dejó una frase que condensa toda su postura:

“¡Sois libres! ¡Y me cago en la industria cinematográfica!”.

Una vida dedicada al cine

Nacido el 21 de julio de 1955 en Pécs, Tarr comenzó su carrera como aficionado y en 1977 ingresó a la Escuela Superior de Teatro y Cine. En los años 80 trabajó en la productora estatal Mafilm y a lo largo de su carrera realizó cerca de medio centenar de películas.

Recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el Oso de Plata en Berlín por El caballo de Turín (2011) y el Premio a la Trayectoria Profesional del Festival Internacional de Cine de Tokio (2024). Tras retirarse de la dirección, continuó vinculado a proyectos teatrales y a la formación de cineastas en su escuela en Bosnia.

Un legado que no se explica, se experimenta

Pere Alberó, director de la ECIB, lo definió recientemente como “el cineasta vivo más importante del momento” y aseguró que su obra seguía siendo “un misterio”. Tal vez ahí reside la clave: Béla Tarr no buscó respuestas, sino preguntas que incomodan.

Su cine no fue fácil, ni pretendió serlo. Pero en una época dominada por la velocidad y el ruido, Tarr defendió el silencio, la duración y la mirada honesta. Con su muerte, el cine pierde a un autor irrepetible. Su obra, en cambio, seguirá obligándonos a detenernos.

Porque para Béla Tarr, el cine no era industria ni espectáculo: era vida observada con atención radical.

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